¿Y si el rojo salva vidas en la Patagonia? La alternativa ‘verde’ al salado que Suecia inspira para nuestras rutas cordilleranas
Cuando el hielo convierte tramos de la Ruta 40 o del Paso Internacional Pino Hachado en una pista de patinaje mortal, la sal común sigue siendo el recurso estrella para despejar el camino. Pero ese remedio trae una factura oculta: corrosión acelerada de vehículos, daño a la vegetación nativa, contaminación de cursos de agua y aunque menos visible riesgo para la fauna que ingiere los restos salinos en busca de minerales.
En los últimos meses se viralizó una historia que, aunque resultó ser inexacta en su versión extrema, pone sobre la mesa una discusión necesaria: ¿y si reemplazamos o complementamos la sal tradicional por mezclas más amigables con el ambiente, como las elaboradas a base de subproductos agrícolas?
La propuesta que circula (y que la Administración de Transporte sueca desmintió como implementación masiva) describe una fórmula rojiza hecha con extracto de remolacha y almidón de maíz que, además de derretir hielo eficazmente, sería biodegradable, menos corrosiva y hasta segura o incluso nutritiva para aves y pequeños mamíferos que la picotean en invierno. Aunque Suecia no cambió por completo su sistema, sí utiliza en ciertas zonas jugo concentrado de remolacha como aditivo anti-hielo, logrando reducir hasta un 20-30 % el volumen de cloruro de sodio necesario, según experiencias similares en otros países nórdicos y norteamericanos.
El color rojizo no es marketing: mejora la visibilidad de las zonas tratadas y ayuda a conductores y animales a identificar mejor las áreas resbaladizas. Además, al provenir de residuos de la industria azucarera, estas mezclas son biodegradables, generan menor impacto en suelos y napas freáticas, y corroen mucho menos los chasis de autos, camiones y barandas de seguridad un ahorro significativo para familias patagónicas y para el Estado en mantenimiento vial.
En Argentina, donde cada invierno se esparcen miles de toneladas de sal en pasos cordilleranos y rutas de montaña, el debate cobra especial urgencia. Provincias como Neuquén, Río Negro y Mendoza ya enfrentan problemas de contaminación por sales en lagos y ríos de la cordillera, además del deterioro prematuro de la flota vehicular en zonas rurales.
Expertos consultados coinciden en que implementar pruebas piloto con aditivos a base de remolacha u otros subproductos orgánicos (como melaza o sales orgánicas) podría ser viable y económico. Argentina es uno de los principales productores de maíz del mundo y cuenta con cultivos de remolacha en varias regiones; reconvertir excedentes o subproductos en soluciones viales podría generar una doble ganancia: seguridad vial y valor agregado agroindustrial.
“Es hora de pasar de la sal a la vieja usanza a soluciones inteligentes que cuiden el ambiente y la economía local. Si en climas más extremos ya se experimenta con estas mezclas, ¿por qué no empezar en la Patagonia con ensayos controlados?”, plantea un ingeniero vial de la región que prefiere reservar su nombre hasta que haya proyectos formales en marcha.
Mientras tanto, la imagen de una carretera teñida de rojo aunque no sea la realidad cotidiana en Suecia sigue funcionando como potente metáfora: a veces, repensar lo más básico (cómo mantenemos transitables nuestros caminos) puede salvar vidas humanas y animales al mismo tiempo. En Argentina, el desafío está servido: ¿seremos capaces de darle color ecológico a nuestras rutas de invierno?
Fuente: Asombrate










