“La casa está en orden”: el día en que Alfonsín enfrentó la rebelión carapintada y la democracia recién recuperada se defendió en la Plaza de Mayo
Buenos Aires, 19 de abril de 1987. Apenas tres años y cuatro meses después de que los argentinos recuperaran la democracia en las urnas, el fantasma de los cuarteles volvió a amenazar el orden constitucional. Pero esta vez, el pueblo salió a las calles para custodiarlo.
El 30 de octubre de 1983, Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical, había sido elegido presidente con más del 52% de los votos, poniendo fin a siete años y medio de la dictadura cívico-militar del “Proceso de Reorganización Nacional” (1976-1983). Esa transición marcó el fin del terrorismo de Estado, los 30.000 desaparecidos y la represión sistemática.
Alfonsín asumió el 10 de diciembre de 1983 y, a los pocos días, creó la CONADEP, que dio origen al informe Nunca más. En 1985, el Juicio a las Juntas condenó a reclusión perpetua a Jorge Rafael Videla y Emilio Massera, entre otros. Era la primera vez en la historia argentina que un gobierno democrático juzgaba a los responsables de crímenes de lesa humanidad.
Pero esos avances generaron resistencia en sectores de las Fuerzas Armadas. En diciembre de 1986 se sancionó la Ley de Punto Final, que limitaba las causas, pero no fue suficiente para los sectores duros. En plena Semana Santa de 1987, el teniente coronel Aldo Rico, héroe de Malvinas para muchos de sus seguidores, encabezó la primera sublevación carapintada desde la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Con la cara pintada de betún y unos 300 hombres armados, exigían el fin de los juicios por violaciones a los derechos humanos, la salida de altos mandos del Ejército y una “solución política” que reconociera que habían actuado “bajo órdenes”. El levantamiento se extendió a otros regimientos (Córdoba, Corrientes, Neuquén), pero Campo de Mayo se convirtió en el epicentro.
La respuesta del Gobierno fue firme en la forma, pero reveló la fragilidad del control civil sobre los cuarteles. El presidente ordenó la represión, pero mandos leales respondieron con vacilaciones. El general Ernesto Alais partió desde Rosario con una columna de tanques que nunca llegó a tiempo, convirtiéndose en símbolo de esa tensión. Ante la incertidumbre, Alfonsín tomó una decisión histórica y riesgosa: viajó en helicóptero a Campo de Mayo para negociar personalmente con Rico. Horas después regresó a la Casa Rosada.
La Plaza de Mayo, y las plazas de todo el país, ya estaban colmadas. Millones de argentinos radicales, peronistas, sindicalistas, estudiantes, empresarios se movilizaron unitariamente. No era solo una manifestación: era la sociedad civil defendiendo la democracia naciente.
Al atardecer del domingo de Pascuas, Alfonsín salió al balcón de la Casa Rosada, acompañado por líderes de todos los partidos, incluido Antonio Cafiero del peronismo. Con voz serena pero firme, pronunció las palabras que quedarían grabadas para siempre:
“¡Felices Pascuas! Los hombres amotinados han depuesto su actitud. Como corresponde, serán detenidos y sometidos a la Justicia. (…) Para evitar derramamientos de sangre di instrucciones a los mandos del Ejército para que no se procediera a la represión y hoy podemos todos dar gracias a Dios: la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”.
La multitud estalló en aplausos, abrazos y lágrimas. La crisis terminó sin derramamiento de sangre. Sin embargo, la “victoria” tuvo un costo: semanas después, el Congreso aprobó la Ley de Obediencia Debida, que limitó aún más los juicios. Los carapintadas volverían a sublevarse en 1988 y 1990, pero nunca lograron derrocar al Gobierno constitucional.
Aquel 19 de abril de 1987 no fue solo un capítulo más de la historia. Fue la prueba de fuego de una democracia que, con apenas tres años de vida, demostró que el pueblo argentino estaba dispuesto a defenderla con su presencia en la calle. “La casa está en orden” no fue una frase de rendición, sino la confirmación de que, esta vez, el poder civil y la voluntad popular habían prevalecido.
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