Día del Maestro: quienes enseñan a nuestros hijos en nuestra ciudad y a mas de 200 kilómetros de casa

Junín de los Andes.- Cada 11 de septiembre la Argentina se detiene para saludar a sus maestras y maestros. Pero este día merece más que una frase en una tarjeta o un posteo en redes. Detrás de cada guardapolvo hay historias que casi nunca se cuentan: docentes que madrugan cuando todavía está oscuro, que recorren rutas de tierra, que viajan a dedo o esperan el aventón de un camionero, un vecino o un viajante para llegar a escuelas rurales donde los chicos los esperan.
No son 10 o 20 kilómetros. Hay docentes que viajan durante horas, hasta mas de 200 kilómetros diarios para enseñar. Salen con helada, con lluvia, con niebla. Vuelven de noche. Y al día siguiente, otra vez.
Muchos de ellos, sobre todo en los primeros años de carrera, aceptan cargos a decenas de kilómetros de sus casas. Algunos hacen el trayecto en motos de pequeña cilindrada. Otros caminan parte del camino. Cuando llueve, el barro convierte cada kilómetro en un desafío. Cuando hace frío, la espera a la vera de la ruta se vuelve más larga.
Pero en esa ruta también nace otra escuela. Los docentes que cuentan con automóvil personal no viajan solos: comparten el auto con otras maestras, comparten gastos, pero sobre todo comparten camino. Se turnan, se organizan por WhatsApp a las cinco de la mañana. Y en esos kilómetros que parecen interminables, aparecen las charlas, los mates que van y vienen, las galletitas que se convierten en desayuno, las risas y el disfrute del paisaje. Así, entre todos, hacen que los kilómetros se hagan más cortos.
La historia de Cristina quien lleva mas de 21 y meses de trayectoria en la docencia, de Avellaneda, resume la de tantas. Durante años viajó aproximadamente 77 kilómetros para ejercer la profesión que había elegido en la localidad de Villa Ocampo. No fue un sacrificio ocasional: formó parte de su vida. Su hermana Teresa eligió el mismo camino. Desde niñas admiraban a sus maestras. Ese “bichito” de la docencia terminó marcando el destino de las dos.
Teresa lleva más de 34 años y seis meses de trayectoria. Trabaja con niños con discapacidad y habla de su trabajo con una claridad que conmueve:
Ser docente para niños con discapacidad me acerca a lo esencial de la vida de una manera que yo no sé cuántas otras profesiones pueden hacerlo. Tengo el privilegio de trabajar con la mejor etapa del ser humano. subrayó
Su ingreso a la docencia no fue planificado. Después de la secundaria no quería ser maestra “común”. Un día, mientras lavaba ropa en una batea, escuchó por radio que se podía estudiar para ser maestra especial. “Eso me interesó”, recuerda. Se inscribió en un profesorado particular y, con el apoyo de José su esposo, comenzó una carrera que terminó transformándola por completo:
Yo supongo que Dios me puso en esto, porque la docencia me hizo, no la maestra que soy, la persona que soy. Sic
Con el tiempo aprendió a mirar más allá de la apariencia o de una conducta difícil. “Aprendés a ver al niño. Y cuando aprendés a ver al niño, aprendés a ver al humano también detrás de todo lo que ves. Creo que te hace mejor persona”.
Esa entrega absoluta también tuvo un costo. Teresa reconoce que, en más de tres décadas, casi no se ausentó por motivos familiares.
Quizás sí sea un poquito de algo que me arrepienta “admite”. He pasado por cientos de niños… Pero en la vida de mi hijo he sido su madre. En la vida de mi marido he sido su esposa. Quizás en los momentos que ellos me necesitaban yo no me quedé en casa. Me fui a trabajar. manifestó
Aclara, sin embargo, que la profesión nunca le exigió ese sacrificio: “Es la forma en que yo elegí habitar la docencia”. A pesar de las dificultades que hoy atraviesa el sistema, se considera privilegiada. “Trabajamos con niños. Trabajamos con la etapa más pura del ser humano”. Y marca una diferencia que define su historia: “No me toca trabajar con niños con discapacidad. Elegí trabajar con niños con discapacidad”.
Las historias de Cristina y Teresa son las de cientos de docentes que salen de sus casas cuando todavía está oscuro, que enfrentan caminos de monte o de campo, que comparten el auto, el combustible y la vida para poder llegar, y que al abrir la puerta del aula, empiezan a enseñar.
Porque enseñar también es llegar. Llegar hasta el paraje, hasta el monte, hasta ese lugar donde quizás nadie más quiere o puede llegar.
Este 11 de septiembre el homenaje es para todos ellos: para los que trabajan en escuelas urbanas y para los que recorren 77, 100 o más de 200 kilómetros; para los que viajan a dedo, para los que manejan y llevan a otras, y para los que dejan a sus familias durante muchas horas.
Porque detrás de cada guardapolvo hay una historia. Y detrás de cada historia, muchas veces, hay un largo camino compartido, con mate y galletitas de por medio, recorrido para llegar hasta donde alguien estaba esperando.









