Que nunca dejen de sonar: el rock nacional celebra su día con la historia de un país a cuestas

Hay músicas que se escuchan y otras que se heredan. El rock hecho en Argentina pertenece a la segunda clase. Sonó en los dormitorios de los 60, en los sótanos de la dictadura, en las radios que de pronto se quedaron sin música en inglés, en los estadios de la democracia y en los celulares de hoy. Por eso este primer sábado de noviembre no es solo una efeméride en el calendario: es un día para volver a escuchar lo que somos.
La conmemoración tiene origen legal y preciso. La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sancionó el 6 de noviembre de 2008, a partir de un proyecto de la diputada Diana Maffia, la Ley N° 2.904 que instituyó el primer sábado de noviembre de cada año como Día del Rock Nacional.
La norma no se quedó en lo simbólico. En su artículo 1° dispone: “Institúyese el primer sábado del mes de noviembre de cada año como Día del Rock Nacional”. Y en los artículos siguientes establece que durante esa jornada el Poder Ejecutivo dispondrá recitales de acceso libre y gratuito, asegurando en particular la presencia de grupos de rock fuera del circuito comercial, que la fecha se incorpore al Calendario Escolar y que el Ministerio de Cultura sostenga políticas de acceso gratuito a salas de ensayo, capacitación y perfeccionamiento para músicos jóvenes. Es decir, la ley entiende al rock no como un recuerdo, sino como una práctica viva que hay que garantizar.
Una aclaración necesaria para no confundir calendarios: en Argentina conviven dos fechas. La del primer sábado de noviembre, de origen porteño, y la del 21 de julio, Día Nacional del Rock, que desde 2015 se conmemora en homenaje al natalicio de Litto Nebbia, nacido el 21 de julio de 1948 y considerado uno de los padres fundadores del género. Ambas cuentan la misma historia desde dos puntas distintas.
Todo empezó con una balsa. El gran punto de partida llegó el 3 de julio de 1967 con el lanzamiento de “La Balsa”, interpretada por Los Gatos y compuesta por Litto Nebbia y Tanguito. Poco después aparecieron Almendra, liderada por Luis Alberto Spinetta, y Manal. Junto con Los Gatos, esas tres bandas son consideradas la trilogía fundacional del rock argentino. Era la primera vez que el rock se cantaba en castellano con voz propia, sin copiar modelos extranjeros, y con poesía, blues y barrio adentro.
Después vinieron los años en los que cantar rock era casi un acto de resistencia. Bandas como Sui Generis, Invisible y Serú Girán, junto a solistas como Luis Alberto Spinetta y Charly García, marcaron una época con letras cargadas de simbolismo. La Guerra de Malvinas provocó un giro inesperado: a poco de comenzar la guerra, la dictadura prohibió la difusión de música en inglés y el rock argentino logró, por primera vez, un espacio masivo en la radio.
Con la llegada de la democracia en 1983, el rock emergió como uno de los grandes símbolos de resistencia cultural. Aparecieron Soda Stereo, Virus, Los Abuelos de la Nada, Los Twist y tantas otras bandas que llevaron ese sonido a toda Latinoamérica. Ya no era solo música de sótano: era la banda de sonido de una generación que volvía a hablar en voz alta.
Hoy el rock nacional sigue vivo en otros formatos y en otras voces. En las bandas de barrio que ensayan en un garage, en los festivales gratuitos, en las escuelas que lo estudian como parte de nuestra cultura, en los clásicos que padres e hijos cantan juntos sin ponerse de acuerdo en nada más. Porque eso hizo el rock argentino: construir identidad, acompañar a distintas generaciones y convertir nuestras historias, ideas y emociones en canciones.
Que nunca dejen de sonar las canciones que forman parte de nuestra historia. Este sábado, que suenen fuerte.









