De las pampas a la Quinta Avenida: la epopeya de Gato y Mancha que unió Buenos Aires con Nueva York
Hace cien años, un profesor suizo y dos caballos criollos escribieron una de las gestas más extraordinarias del siglo XX. Partieron desde Buenos Aires en 1925 y, tras recorrer más de 21.500 kilómetros a caballo, llegaron a Nueva York en 1928. La hazaña convirtió a Gato y Mancha en leyenda y a su jinete, el suizo Aimé Félix Tschiffely, en un símbolo de perseverancia y amistad.
El sueño de demostrar la nobleza criolla
La historia comenzó con una carta. En ella, Tschiffely le propuso al criador y veterinario Emilio Solanet atravesar América exclusivamente a caballo para demostrar “las bondades del caballo criollo”. Solanet, propietario de la estancia El Cardal, en Ayacucho, accedió al desafío, aunque con cautela: en lugar de ofrecerle ejemplares jóvenes, le confió dos caballos maduros, de 15 y 16 años.
Gato, de pelaje gateado, era dócil y sereno. Mancha, overo rosado, tenía un temperamento fuerte y protector. Ambos descendían de aquellos caballos traídos por Pedro de Mendoza en el siglo XVI, que se adaptaron durante siglos a la vida cimarrona en las pampas y la Patagonia.
La partida

El 23 de abril de 1925, desde la Sociedad Rural Argentina, en Buenos Aires, partieron rumbo al norte. Llevaban una montura liviana tipo “cirigote”, poncho impermeable, mosquitero, algunas provisiones básicas y cartas de crédito —entre ellas cierto auspicio del diario La Nación— que facilitarían contactos en las ciudades.
Rosario, Santiago del Estero, Tucumán, Jujuy y la Quebrada de Humahuaca fueron las primeras escalas antes de cruzar los Andes hacia Bolivia. Desde allí, la ruta se extendió por Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Centroamérica, México y Estados Unidos.

Desiertos, selvas y revoluciones
La travesía fue una prueba extrema. En el desierto peruano de “Mata Caballo” soportaron calor sofocante y largas jornadas sin agua. En las alturas andinas enfrentaron el soroche y temperaturas bajo cero. En Centroamérica avanzaron a machete por selvas húmedas pobladas de jaguares, serpientes y ríos infestados de cocodrilos.

En Guatemala, Gato fue herido por una mula y un clavo mal colocado en su herradura agravó la lesión. Le aconsejaron sacrificarlo, pero Tschiffely se negó y lo envió en tren a México para su recuperación. Tiempo después, el reencuentro de los tres en el Distrito Federal fue celebrado como una victoria personal.
México, en plena revolución, les ofreció escoltas militares y multitudes de charros que los acompañaban en cada partida. Más al norte, el peligro ya no era la selva ni el desierto, sino los automóviles en las carreteras estadounidenses.

La llegada a Nueva York
Tras tres años y ocho meses de marcha, el 20 de septiembre de 1928, Tschiffely arribó a Nueva York. Fue recibido por el alcalde James Walker y desfiló por Broadway y la Quinta Avenida vestido de gaucho. Gato y Mancha fueron exhibidos durante diez días en el Madison Square Garden, convertidos en símbolo de resistencia y nobleza criolla.
Habían atravesado el continente americano y demostrado que el caballo criollo argentino podía resistir lo impensado.
El regreso y la eternidad
El 1 de diciembre de 1928 embarcaron de regreso a Buenos Aires. Una multitud los recibió el 20 de diciembre. Rechazaron ofertas para exhibir a los caballos en zoológicos: volvieron a la estancia El Cardal, donde vivieron en paz hasta el final de sus días.
Tschiffely regresó a Europa, participó en la defensa de Londres durante la Segunda Guerra Mundial y escribió el libro “Gato y Mancha, la odisea de dos caballitos criollos”, donde relató con humor y sensibilidad la aventura y la profunda amistad que lo unió a sus compañeros.
Sus cenizas descansan hoy en Ayacucho, cerca del lugar donde comenzó todo. Los cuerpos embalsamados de Gato y Mancha se exhiben en el Museo del Transporte Enrique Udaondo.
Cada 20 de septiembre, Argentina celebra el Día del Caballo en homenaje a aquella llegada a Nueva York.
Más que una hazaña deportiva, fue la historia de tres amigos que desafiaron la geografía y el tiempo. Y que demostraron que algunas amistades, como las grandes gestas, existen para siempre.
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