La Doncella del Llullaillaco: la niña que se durmió hace 500 años a 6.739 metros y sigue intacta

Parece dormida, pero pasó 500 años congelada en la cima de un volcán. Es uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de Argentina y su historia vuelve a conmover.
En marzo de 1999, un equipo de más de 14 personas liderado por el antropólogo estadounidense Johan Reinhard y la arqueóloga argentina Constanza Ceruti alcanzó la cima del volcán Llullaillaco, en Salta, a 6.739 metros de altura, a más de 500 kilómetros al oeste de la ciudad. Lo que encontraron allí, enterrado bajo un metro y medio de tierra y piedras, cambiaría la arqueología andina.
Era una adolescente de entre 13 y 15 años, sentada con las piernas recogidas, los brazos sobre el vientre y el rostro sereno mirando hacia el horizonte. Llevaba el cabello peinado en finísimas trenzas, un tocado de plumas y un ajuar intacto. Su cara estaba tan tranquila que parecía dormida. Es La Doncella, la más famosa de las Momias de Llullaillaco.
No estaba sola. A pocos metros hallaron a otros dos niños: La Niña del Rayo, de 6 años, y El Niño, de 7 años. Los tres habían sido llevados hasta el que es considerado el sitio arqueológico más alto del mundo.
Porque no se momificó, se congeló. En la cima del Llullaillaco hace un frío extremo y el aire es de los más secos del mundo, por su cercanía con el desierto de Atacama. Esa combinación impidió que su cuerpo se descompusiera. Se conservaron su piel, sus órganos internos y hasta su cabello. Hoy son consideradas las momias incas mejor conservadas del planeta.
¿Quién era?
Los incas realizaban un ritual llamado capacocha. Para pedir buena salud, buenas cosechas y buen clima a los dioses de las montañas, ofrecían niños en las cumbres. Eran elegidos entre familias nobles, sanos y de buena apariencia, y preparados durante meses.
Según los investigadores, La Doncella probablemente era una aclla, una de las llamadas Vírgenes del Sol: niñas elegidas desde los 10 años para servir en los templos. Para los incas, no morían, se convertían en mensajeros entre su pueblo y los Apus.
El cabello humano crece un centímetro por mes y guarda un registro químico de lo que comemos y bebemos. El suyo fue un diario de su último año de vida.
El estudio publicado en la revista PNAS mostró que un año antes de morir su alimentación cambió drásticamente, con más carne y alimentos de élite. También reveló que masticó hoja de coca de forma creciente y que la cantidad encontrada es la más alta registrada en restos andinos, y que en sus últimas 6 a 8 semanas le dieron cada vez más chicha, la bebida alcohólica de maíz fermentado.
Por eso los científicos creen que murió inconsciente o dormida. Tenía un bolo de coca entre los dientes. Esa cara tranquila no es casualidad.
Murió alrededor del año 1500. Pasó cinco siglos bajo el hielo hasta que la ciencia la encontró.
Hoy los tres niños están en el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), en Salta. Se conservan en una cápsula única que diseñaron Mario Bernaski y su padre, que logró replicar la temperatura a 20 grados bajo cero y las condiciones de asepsia de la montaña.
Y su presencia allí abre un debate que sigue vigente. Algunos líderes y comunidades indígenas, como la Comunidad Aborigen Tolar Grande, piden que los tres niños regresen al volcán y que el Llullaillaco sea declarado sitio sagrado, el lugar al que fueron llevados para quedarse.









